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miércoles, 12 de octubre de 2016

Shadows over Betlam. Faces of Sentinel. (cap. 8)

Han pasado varios meses desde que el Centinela desapareciera. Nadie volvió a saber del enmascarado que luchó contra los vampiros en las calles de la ciudad de Betlam. Por aquel entonces, durante la pasada Navidad, las calles eran un lugar seguro como hacía tiempo que no se recordaba. La gente volvía a aventurarse a los bares y las tiendas a pesar de que el sol no iluminase la ciudad. Poco podía esperarse que el terror volviera a asolar Betlam.

A pesar de la creencia popular, el Centinela no había mantenido alejados a los vampiros. Había sido el frío. Durante meses los vampiros fueron alejándose de las calles, presumiblemente almacenando comida para el frío invierno que se avecinaba, medio año llenando su despensa para sobrevivir al frío. Y cuando la primavera llegó, y con ella las noches dejaron de ser tan inhóspitas, los chupasangres volvieron a salir a la calle, hambrientos como nunca lo habían estado. Aquello fue una carnicería. La primera noche que los vampiros reanudaron la caza, lo hicieron en masa; decenas de ellos salieron de los rincones donde se escondían y dieron buena cuenta de hombres y mujeres por igual. Cuando el sol despuntó al alba, la ciudad se había teñido del rojo de la sangre.

Aquello fue un duro revés para Betlam. Durante los primeros ataques de los vampiros, la ciudad había guardado silencio por ellos. En los periódicos acusaban a algún asesino psicópata de los crímenes, a pesar de que la gente parecía conocer la verdad. Una verdad incómoda que nadie parecía querer afirmar. Pero aquella noche supuso un punto de inflexión. Todo el mundo comenzó a hablar y leer sobre ello, los vampiros estaban allí y su silencio no iba a lograr ignorar su presencia.

Pero el revés más grande se lo llevó un hombre que había perdido mucho durante la Guerra Secreta que mantuvo. Durante años luchó en una Cruzada personal por librar Betlam de la presencia de los vampiros, aquellas criaturas que le habían arrebatado todo. Y la mañana tras la Noche Sangrienta (como se la llamó desde aquel día), Brian Wayland comprendió que debía volver a vestir el traje que, por amor, había colgado meses atrás.

Del diario de Leonard Szilard.
Betlam, a 24 de marzo de 1863.

martes, 28 de abril de 2015

Shadows over Betlam. Faces of Sentinel. (cap. 7)

Hoy es un día importante. Por fin dejo atrás al Centinela para mirar hacia adelante como Brian Wayland. Y a mi lado está ella, siempre radiante, siempre hermosa, iluminando mi camino en la oscuridad que ha estado cerniéndose sobre mi desde hace tiempo. Leonard es tan feliz como nosotros, se alegró mucho cuando me declaré a Elizabeth y bendijo nuestra unión sin dudarlo un segundo. Troy, el Padre Sanders, será quien celebre la ceremonia y nos una en santo matrimonio.

Además, los vampiros que asolaban Betlam han ido desapareciendo paulatinamente. Ni siquiera sus sicarios han vuelto a causar problemas y eso se suma a los motivos para alegrarme. Aquello me dio la confianza para colgar, definitivamente, el manto del Centinela. La ciudad no necesita volver a ser protegida y el país, por lo que se rumorea que piensa llevar a cabo el Presidente Lincoln, está en visos de comenzar una nueva era de paz y hermandad.

Cuando leas estas líneas, pensarás que he cometido errores, o incluso que he dejado atrás mi juramento al querer vengar a mis padres. Yo también lo hice pero las palabras de Leonard me impulsaron en la decisión; no traiciono la memoria de mis padres al dejar la lucha, sino que celebraré la vida que ellos querrían que hubiera tenido. Muchas cosas buenas saldrán de este día y Leonard, Walford y Troy permanecerán a mi lado.

Betlam, 23 de diciembre de 1862.

martes, 11 de marzo de 2014

Shadows over Betlam. Faces of Sentinel. (cap. 6)

Hoy puedo decir, sin temor a equivocarme, que la vida es maravillosa. ¿Quién podría decirme que encontraría el amor en la ciudad más oscura de la tierra? Pero por imposible que parezca, ha sucedido.
Elizabeth es una mujer fabulosa, aunque al principio me sentí diminuto al hablar con ella (y aunque lo negaré si me lo preguntáis, me sigo sintiendo igual cuando estoy con ella), pronto descubrí que es el pilar que mi vida necesitaba. Leonard cumplió a la perfección el papel de casamentero con ambos y organizó una cita: cena, una charla sobre literatura, y su sonrisa. Juro que cada vez que sonreía, la estancia se iluminaba.

Al principio, el alcalde Walford se sorprendió por nuestra relación, Leonard afirma que el hombre se insinuó en el pasado a Elizabeth pero le digo que no son más que rumores. Más tarde, el propio Walford se unía a nuestras cenas y no tardamos en mantener una cordial relación de amistad fuera de los despachos; mientras tanto, la construcción de las viviendas parroquiales está casi finalizada, como la de la propia base. Ahora me pregunto si no he malgastado el dinero de mi familia al construirla, ¿acaso volveré a ser el Centinela? Miro al pasado y recuerdo las noches en vela, las peleas, el terror al enfrentarme a los vampiros y a sus lacayos. Pero desde un tiempo a esta parte, la presencia de todos ellos se ha reducido hasta el punto de parecer ya una leyenda del pasado, un cuento que los niños se narran unos a otros para asustarse.

¿Y si el Centinela ya no vuelve a ser necesario? Desde luego, con Elizabeth a mi lado, eso no sería un problema. Esta misma noche pienso declararme, la llevaré al mismo lugar donde cenamos juntos la primera vez: un pequeño restaurante junto al puerto. Walford y su pareja, la joven artista betlamita, Calista Walker, como el propio Leonard, nos acompañarán; quiero que sean partícipes del momento más feliz de mi vida. Quiero que esta noche marque un antes y un después en la vida de Brian Wayland. ¿Es acaso egoísta por mi parte?

Betlam, 18 de agosto de 1862.

miércoles, 3 de julio de 2013

Shadows over Betlam. Faces of Sentinel. (cap. 5)

Durante estos meses, la presencia del Centinela en la ciudad se ha reducido. Principalmente porque los vampiros han ido abandonando, paulatinamente, las calles de Betlam. Leonard, el Padre Sanders y yo mismo hemos podido supervisar la construcción de las viviendas parroquiales; la base, a su vez, ha estado supervisada por el propio Leonard mientras yo he estado ocupando las mañanas en negociar nuevas adquisiciones de terrenos.

Nunca pensé que lo diría, pero no extraño al Centinela. Según Leonard, se me nota más feliz, con mejor aspecto, y mucho menos nervioso (que no sé hasta qué punto será cierto y no esté exagerando). Pero el caso es que esta mañana, cuando me he reunido con el alcalde Walford para hablar sobre los nuevos terrenos que quiero adquirir, por primera vez he mirado por la ventana y he deseado que los rayos de luz no dejaran de alumbrarme nunca. Ya no quiero ir corriendo a casa y esconderme en el sótano, vestirme como el Centinela y salir a cuidar de Betlam; pero la mejor parte del día ha sido cuando, al terminar la reunión con el alcalde, y estar a punto de salir, me he topado con su secretaria: la señorita Elizabeth Harris. Nunca había sentido aquella sensación tan extraña, noté que el tiempo se detenía cuando nuestras miradas se cruzaron, Walford nos presentó y abandoné, completamente hipnotizado, el despacho del alcalde.

Leonard estuvo durante toda la tarde riéndose de mi. ¿Acaso el poderoso Centinela ha caído a los pies de una dulce joven? Repetía una y otra vez, obviamente le ignoré pero algo dentro de mi tiraba hacia el recuerdo de aquella mujer. Cuando cayó la noche, tomé el manto del Centinela y decidí salir a la calle; por fortuna no encontré ningún vampiro (ni a ninguno de sus lacayos bebedores de sangre) amenazando Betlam, por lo que decidí recogerme pronto pero cuando me quise dar cuenta me encontré frente a la ventana del edificio donde vive Elizabeth. ¿Acaso la acechaba? No. Yo quiero creer que lo que hacía era velar por ella.

Betlam, 27 de junio de 1862.

viernes, 24 de mayo de 2013

Un vistazo a: Asesinato en Escarlata.

La mujer cruzó corriendo la calle, un coche pasó cerca de ella y el conductor la increpó desde el interior. Las farolas alumbraban con timidez en la oscuridad de la ciudad; ella se movía desde la protección de la luz hasta la siguiente, mirando siempre alrededor suyo y sin detener su paso. El ruido de una lata estrellándose contra el suelo en el callejón cercano la atemorizó aún más, apremió su paso deseando llegar cuanto antes hasta la dirección que tenía anotada en una servilleta.

Ella no podía saberlo, pero cada paso que daba, cada metro que avanzaba, no la llevaba a la seguridad que esperaba encontrar, sino que la acercaba más a su muerte. Cuando se quiso dar cuenta, el desconocido estaba situado frente a ella, el puñal se clavó profundamente en su abdomen y un gesto de terror y desesperanza asomó a su rostro.

Allí quedó tumbada, apenas unos metros de la dirección que una hora antes la habían anotado. La ciudad fue su tumba, pero aunque oscura y despiadada, Betlam llora por los suyos y la lluvia alejó la sangre de la mujer, tiñendo la calle de rojo.

Así comenzaba uno de los pocos relatos del Centinela que saltaron de los cómics a las páginas de una novela. Su autor, Henry Prussler, escribía en la década de los 60 una clásica historia "noir" que alejaría el protagonismo del Centinela para centrarse en Lance Diamond, un policía expulsado del cuerpo y que trabaja como detective privado. Betlam seguiría siendo la ciudad que todos conocemos de la publicación del Centinela pero esta vez descubríamos al ciudadano de a pie, al gángster de barrio y a la chica explosiva que terminaría siendo el centro de la historia.

Prussler daba el primer paso en la dirección que terminaría reuniendo bajo el sello "Dark Dream" a algunos de los novelistas de mayor éxito durante los 70 y los 80. Al comienzo, una apuesta arriesgada que se convirtió en una baza segura para la editorial de cómics que vio, en esas décadas, cómo el público demandaba más material del cruzado de Betlam y de la propia ciudad. Pero no solo historias salidas del cine negro que John Huston inauguraría con El Halcón Maltés, sino que historias con toques esotéricos, románticas o de aventuras convertirían a "Dark Dream" en una marca distintiva que coparía las estanterías de todas las librerías en el país.

Con esta primera novela, Prussler homenajeaba al maestro Arthur Conan Doyle y la primera presentación de su famoso personaje: Sherlock Holmes. Un título inspirado en el "Estudio en Escarlata" del británico que, como el original, poseía una doble división de la narración de los acontecimientos. Exceptuando el prólogo que marcaba un estilo alejado mostrando los sucesos que presentarían al detective Diamond y a la ciudad de Betlam, el resto de la novela tiene una primera parte narrada en primera persona por el propio protagonista y una segunda parte que cambiaba la narración por la de la tercera persona, finalizando con un epílogo que devolvía a Diamond las descripciones de la escena.

Termino este artículo ofreciéndoos el primer párrafo del capítulo 1 y recordando que, periódicamente, recogeremos la obra completa para que podáis disfrutar de ella y celebrar así el aniversario de la obra.



Si algo me había enseñado esta ciudad, era a cuidarte mucho de las sombras que encontrabas en cada rincón. Podías encontrarte toda clase de peligros acechando ahí fuera y quieras que no, terminabas acostumbrándote a ellos; pero lo que nadie podía esperar, es que las cosas más hermosas que te ofrecía Betlam, pudieran ser además las más peligrosas. Y eso, aquella mujer despampanante, lo tenía en gran medida.

lunes, 8 de abril de 2013

El día que conocí al Centinela.

Cuando descubrí al Centinela, lo hice en un kiosco cercano a mi casa. Yo bajaba todas las tardes de verano a jugar con mis amigos, por aquel entonces (tenía unos 7 años y ahora calzo ya los 30) nuestra diversión consistía en jugar a las chapas, las canicas y dar patadas a una pelota mientras corríamos de un lado a otro y nuestras madres nos vigilaban sentadas en un banco cercano. Poco podía imaginarme que, una tarde en la que se desató una tormenta terrible, me encontraría de frente con el Centinela mientras mi madre y yo nos refugiábamos del agua bajo el toldo del kiosco.

Aquella portada me cautivó: el Centinela se descolgaba de una azotea mientras un ladrón apuntaba con una pistola a una joven indefensa. ¿Qué era aquello? Los tonos oscuros de la portada contrastaban con el amarillo del título: Tales of the Sentinel. Todos los tebeos (porque en aquellos años no se llamaban cómics) que tenía eran de Astérix, Mortadelo o Zipi y Zape, sí que había visto algunos de superhéroes en la biblioteca del barrio (qué bien lo pasé cuando encontré uno de Imperio, el héroe de las estrellas) pero todos tenían una cantidad terrible de colores muy chillones y aquel era todo lo opuesto a mi concepto de superhéroe. Durante aquellos 10 minutos que tardó en pasar la tormenta, mi vista no se despegaba del escaparate y cuando nos pusimos en movimiento para volver a casa le pedí a mi madre que me comprara aquel tebeo. Su primera reacción fue negativa, obviamente no cejé en mi empeño y durante el camino a casa y esa noche, seguí insistiendo en la compra.

Al final, imagino que un poco cansada de mi insistencia, mi madre compró aquel tebeo y cuando volví de las clases de la academia (malditos cuadernillos de ejercicios para el verano) lo encontré sobre mi cama. Mi madre me hizo prometer que haría todas las tareas antes de ponerme a leerlo, y ni corto ni perezoso aquella tarde terminé todo lo que tenía que hacer con una velocidad asombrosa (seguramente hice todo mal, pero lo interesante era desvelar qué se encontraba detrás de aquella portada tan sugerente). El momento había llegado, me senté en el sofá del salón y mientras mi madre veía la televisión y mi padre terminaba de preparar la cena, pasé la primera página y descubrí quién era el Centinela, dónde transcurrían sus aventuras y por qué diantres un hombre apuntaba a una mujer con su pistola.

Aquello cambió mi concepción de los tebeos. ¡¡No todos tenían colores estridentes!! ¡¡No todos presentaban situaciones absurdas!! Vale, puede que con 7 años no me enterase mucho de la trama de fondo (y menos cuando me enteré, años después, que aquel número pertenecía a un arco argumental de 6 cómics) pero disfruté tanto de aquella historia que la releí más de 10 veces esa misma noche. Cuando me acosté soñé con el Centinela, mis cuadernos tenían dibujos del defensor de Betlam por todas las hojas, y por vez primera abrí un atlas con la intención de buscar esa mítica ciudad en los mapas. Y hoy, 23 años después, mis estanterías tienen las aventuras de aquel héroe que, a lo largo de distintas colecciones, ha ido salvando Betlam y enfrentándose a toda clase de villanos. Ha ganado, ha perdido y ha sufrido mucho, pero yo lo llevo haciendo con él desde aquella tarde de verano en que una tormenta, posiblemente enviada por el Amo del Clima, hizo que mi madre y yo nos resguardáramos debajo del toldo de un pequeño kiosco y descubriera al Centinela.

Héctor Prieto.
[Artículo perteneciente al especial de la revista Menhir sobre el Centinela]

viernes, 25 de enero de 2013

El mejor de los momentos.

Si tuviera que elegir entre alguno de los momentos más importantes de la historia del Centinela, posiblemente fuera alguno ubicado en la época de la Nueva Formación. No rechazo las historias antiguas, pero tanto los villanos actuales como los miembros del equipo del Centinela me resultan mucho más atrayentes que las antiguas historias del Dúo Intrépido o de la Era de los Vigilantes.

Leer ahora un número del Centinela (siempre pensando que me refiero a la cabecera Centinela) supone introducirse en un mundo de acción sin freno, en el que página tras página los guionistas y dibujantes consiguen que no podamos despegarnos de la historia que estamos leyendo. Posiblemente el momento actual que vivimos sea también un detonante para este estilo, tenemos películas en el que las escenas de acción se encadenan unas a otras y cuando queremos darnos cuenta hemos estado viendo, durante más de dos horas, cómo varias personas pelean entre sí sin haberse detenido ni un momento; ¿por qué los cómics no iban a tener ese mismo ritmo (salvando las distancias entre cine y literatura), si al fin y al cabo es lo que está pidiendo el público?

Con esto, no quiero decir que la acción en los cómics antiguos no sea buena. Simplemente es distinta. Y eso es bueno, porque podemos diferenciar las épocas ya no por los equipos creativos sino por cómo están contadas las historias. Un ejemplo muy claro sería el de la última reimaginación del origen del Centinela (enmarcada en la iniciativa Mundo Uno de la editorial), donde se nos muestra un inicio del héroe en el que la acción toma más importancia que la publicada hace años, cuando sufríamos junto a Brian Wayland con la muerte de sus padres; misma historia, diferentes épocas en las que se escribieron y muy diferenciables por ese detalle.

Volviendo al tema con el que comenzaba este artículo, elegir un momento de la historia del Centinela, y tras haberlo hablado mucho con varios amigos que comparten mi afición por el enmascarado de Betlam, sobre la mesa quedaron momentos tan emblemáticos como la muerte de Stephen Lincoln, la boda de Brian Wayland,  el posible retorno del Centinela en el futuro (recogido hace poco en el tomo especial Centinela, el retorno del Héroe Oscuro), la aparición de los primeros vigilantes, el incendio del Asilo Dunwich o el regreso de Troy Sanders al equipo. Pero yo, personalmente, me quedo con la boda de Brian Wayland; a mis amigos aquello les resultó extraño, ¿qué tenía de especial aquel número para que lo eligiera como un momento crucial? La aventura que narra es muy sencilla, como casi todas de la primera etapa del Centinela, pero a mi me marcó un suceso dentro de ella: el paso de testigo de Wayland a Dixon.

Los cambios de época en los cómics suelen ser, al menos cuando las ventas van mal, con eventos espectaculares y sagas que juntan todas las colecciones de una misma editorial en un crossover que ocupará varias baldas de nuestras estanterías. Pero con la boda de Wayland no sucedió aquello, puede ser porque la historia se escribiera en aquella lejana época que fueron los años 60 (a comienzos de la década), pero el guión nos mostraba a un Wayland emotivo que otorgaba a Dixon el lugar que merecía como heredero del Traje. Se mostraba por primera vez la nueva base del equipo, abandonando Wayland Manor por la futura Torre Wayland. Ahora eso es algo impensable, si se reimaginase aquel momento posiblemente nos encontráramos con un crossover entre las cabeceras Centinela, Investigation Comics o incluso Betlam Central.

No, aquella fue una época distinta y, para un servidor, la boda de Brian Wayland supuso el comienzo de una  nueva parte de la historia y la continuación de un legado que llega hasta nuestros días. ¡¡Que vivan los novios!!

[Artículo perteneciente al especial de la revista Menhir sobre el Centinela]

sábado, 24 de noviembre de 2012

Shadows over Betlam. Faces of Sentinel. (cap. 4)

Hoy por la mañana, Leonard y yo asistimos al oficio que el Padre Sanders realizaba en su iglesia. Aquello estaba atestado de gente que, por una razón o por otra, tenían que sobrevivir en la calle, dormir a la intemperie y caer presa de los vampiros. Puede que esto último fuera lo que más me dolía pero al sacerdote aquello era otro de los motivos para sacar a esa gente de las calles, para otorgarles un techo y permitirles estar a salvo. No se fijaba en cómo vestían, o si eran hombres o mujeres, el Padre Sanders luchaba por cada uno de ellos con una fuerza indescriptible.

Cuando terminó el oficio, Leonard y yo nos acercamos y estuvimos hablando con él. Obviamente yo no me identifiqué en ningún momento como el Centinela pero creo que algo dentro del corazón del sacerdote sabía quién era. Aquella charla era con un único objetivo: afianzar la relación entre la iglesia y mi cruzada; para ello, como Brian Wayland, ofrecí a la iglesia varios terrenos que tengo en propiedad para que se construyeran viviendas dirigidas por el Padre Sanders. La idea era que el sacerdote dispusiera de aquellos terrenos (y de las casas construidas) como refugio para la gente que acudía a él a diario, y de paso el Centinela dispondría de una base secundaria en la ciudad por si algún día las cosas se torcieran. <<La construcción de las edificaciones estaría bajo la supervisión de Leonard Szilard>>, fue el único requisito que le dispuse y que aceptó sin problemas. Fue una reunión rápida y que espero sirva para mucho en nuestros respectivos quehaceres; por el momento el sacerdote me ha permitido llamarle por su nombre de pila: Troy.

Aquella misma tarde, cuando la luna comenzaba a despuntar y yo me vestía para mi cruzada, Leonard parecía más relajado que otras noches. Puede que este nuevo rumbo que está tomando la situación sirva para que mi amigo pueda sonreír y pensar que el camino que estamos recorriendo, tiene un final no demasiado lejos.

Betlam, 30 de abril de 1862.

martes, 13 de noviembre de 2012

Shadows over Betlam. Faces of Sentinel. (cap. 3)

El día de hoy no me preparó para la noche. Mi reunión con el alcalde Walford no arrojó nada de luz sobre el problema que subyace en Betlam; el hombre quiere ayudar pero como él mismo dice sus manos están atadas. No sé quién está detrás de esas ataduras pero ejerce sobre Walford una sombra muy oscura.

Al caer la noche dejé atrás el traje de Brian Wayland y me convertí en lo que realmente soy. Mi viejo amigo, Leonard, me ha repetido en más de una ocasión que dejé de ser aquel hombre hace mucho para convertirme a tiempo completo en el Centinela, yo no me canso de decirle que no, que se equivoca, pero hoy mirándome en la imagen reflejada de una ventana me he dado cuenta de la verdad que siempre ha intentado revelarme. El Centinela ha ocupado toda mi vida, no solo la Cruzada que mantengo por la noche sino la vida que tengo durante el día; hoy al estar reunido con Walford, inconscientemente pensaba en la noche, en las horas que quedaban para poder desenmascararme como Wayland y ser libre... Leonard. Amigo. Cómo me advertiste de esto y qué necio fui al no escucharte.

Pero con la perspectiva que me da haberme dado cuenta de esto puedo enfocar mejor la situación. Más después de haber encontrado en el Padre Sanders a un aliado en mi lucha; está al frente de la iglesia del barrio portuario y tiene bajo su tutela a una docena de huérfanos. Por lo que he hablado con él, también quedó huérfano cuando cumplió los 8 años y se crió en las calles de Betlam; su historia no es tan distinta a la mía pues también fueron los vampiros quienes le arrebataron a su familia pero en el Padre Sanders fue la Fe en Dios la que le dio fuerzas para continuar adelante en lugar de una Cruzada como fue mi caso. Es un hombre de fuertes convicciones que intenta alejar la oscuridad de las calles de Betlam armado, únicamente, con su palabra; no quiero tacharlo de soñador, pues cualquiera podría hacer lo mismo de mí —incluso tachándome de loco— pero quiero creer que él puede hacer tanto por esta ciudad como yo.

De verdad, espero que así sea. Y si lo es, Leonard, amigo, espero que como deseaste una vez, llegue por fin la última noche en que el Centinela tenga que salir a cumplir su cometido.

Betlam, 28 de abril de 1862.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Shadows over Betlam. Faces of Sentinel. (cap. 2)

Hoy ha sido una jornada atípica. Al ponerse el sol decidí acercarme a los muelles, por la mañana escuché que llegaría un barco desde Inglaterra a última hora de la tarde y quería cerciorarme que todo aquel que pisara tierra fuera un ser vivo. Ya hubo una vez un intento de entrar en Betlam a través de un barco, dos de los marineros de un navío que venía desde las islas eran vampiros y acabaron con la vida de varias de las chicas que trabajan en los establecimientos del puerto. Aunque acabé con ellos, la vida de aquellas jóvenes siempre pesará sobre mi conciencia.

Esta noche no fue así, no vi indicios de presencia vampírica pero sí que me crucé con algo extraño. Varios de los estibadores que trabajaban mostraban comportamientos inusuales: alta agresividad, hiper-percepción auditiva y un completo desapego por su propia seguridad. Hasta aquí podría parecer normal, cualquiera podía pensar que estaban borrachos o bajo los efectos de alguna sustancia psicotrópica... pero no, era algo más. Les vigilé y a media noche descubrí lo que sucedía.

Los vampiros son seres peligrosos. Son criaturas de una fuerza inmensa, con una velocidad de reflejos que podría poner en evidencia a la de cualquier felino, sus garras son armas mortales que pueden llegar a despedazar el cuero curtido o el metal más ligero. Pero nunca hubiera pensado que su sangre pudiera ser algo más a tener en cuenta... Estos hombres consumían viales de sangre de vampiro que les proporcionaba una meretriz de la ciudad; yo no sospechaba de ella hasta este momento pero desde hoy tendré que mantener un ojo puesto sobre esa mujer y su negocio. Cuando abandonaron el negocio seguí a los hombres, temeroso que pudieran hacerle algo a alguien... y hubiera preferido equivocarme.

Era ya pasada medianoche cuando los tres hombres se cruzaron con una de las chicas de Romy, una de mis confidentes. La rodearon y amenazaron con violarla pero pude aparecer a tiempo para evitarlo. Baste decir que el enfrentamiento fue muy complicado, tuve la suerte de tener la sorpresa de mi parte y pude dejar inconsciente a uno de los hombres en el primer ataque pero pensándolo ahora fríamente, si no se hubiera dado esa circunstancia... posiblemente hubiera muerto a mano de aquellos hombres.

Si lees esto en el futuro, seas quien seas. Ten cuidado. Los vampiros no solo son peligrosos por lo que son, por sus actos... sino por lo que llevan dentro. Nada de ellos es bueno. Cuídate de ellos.

Betlam, 13 de abril de 1862.

viernes, 19 de octubre de 2012

Shadows over Betlam. Faces of Sentinel (cap. 1)

Cuando era pequeño, mi padre me decía que la grandeza de un hombre se mide por las acciones que ha realizado, no por su fortuna, por su apellido o por el puesto que ocupa. Siempre intenté ser fiel a aquel consejo, incluso en los momentos más oscuros y difíciles de mi vida; momentos en los que mi fe flaqueaba y la decisión que me empujaba a ser un hombre honesto y recto quedaba pendiente de la acción que tomase a continuación. Pero siempre me alzaba cuando más bajo caía, y por eso creo que puedo decir que cumplí con lo que mi padre hubiera esperado de mi. No podría decir si he sido un gran hombre o no, eso no depende de mi sino de la gente que he tenido a mi alrededor, de aquellos a los que he podido ayudar en algún momento.

Betlam, desde sus orígenes, ha sido una ciudad peligrosa. La guerra secreta que se libró para conseguir la cesión a la Corona ya encaminaba, levemente, el camino que tomaría Betlam para ser como es ahora. Una guerra sucia, donde las batallas en el mar se libraban con la misma ferocidad que los combates en tierra firme, donde las mujeres acababan con la vida de los hombres que dormían en sus camas mientras los niños miraban sin apartar la vista desde las ventanas. Años más tarde, como en el resto de ciudades, Betlam se vio incluida en la guerra de Independencia; luchamos por nuestras libertades como un pueblo unido, como la familia que se enfrenta a un momento de necesidad. Y así, Betlam siguió creciendo hasta nuestros días, cuando el país se ha dividido en norte y sur, cuando los hermanos combaten entre sí en una sangrienta Guerra Civil.

Escribo esto con los últimos rayos de luz. Ahora debo proteger mi ciudad, la ciudad por la que mis padres murieron, por la que lucharé hasta el final de mis días. Mi nombre es Brian Wayland y nunca descansaré en mi batalla, nunca dejaré de intentar ser el hombre que mi padre siempre hubiera querido que fuera. Y juro, como cada día cuando el sol se pone, que nunca descansaré en la lucha contra los vampiros.

Betlam, 27 de marzo de 1862.

sábado, 13 de octubre de 2012

Crossroads. Sentinel. (cap. 24)

[Localización: base del Centinela]
[Hora: 12:23 PM]

Fedora cerró la puerta con un golpe seco y Szilard quedó al otro lado, resoplando ante la cabezonería de la joven hacker.

De verdad, el mundo no va a acabarse porque salgas un rato de la base.
¡¡He dicho que no!! —y la conversación quedó silenciada por el alto volumen de la música que Fedora había puesto en su habitación.
¿Sigues intentando convencerla para que vaya a la fiesta?Goldfield sonreía a su viejo amigo, apoyado en el bastón le miraba desde la puerta del gimnasio mientras vigilaba los ejercicios del joven Mark.
Sí. Y juro por la tumba de Newton que esta chica irá a la fiesta, aunque tenga que sacarla de su habitación a rastras.

Szilard se fue hasta el otro extremo de la base mientras Goldfield aconsejaba a Mark cómo golpear de forma más precisa. El joven pupilo había demostrado con creces lo preparado que estaba para poder vestir el manto del Centinela cuando llegase la ocasión, pero ni Goldfield ni Szilard querían precipitarse y volver a repetir el fallo que tuvieron con Thomas Mann. Mark, sin embargo, se ve sobradamente capaz de convertirse en Número 11, algo que ha discutido con sus mentores en alguna otra ocasión.

Descansa chaval. Ya está bien por hoy.
— Puedo seguir un rato más. Y quiero pulir el golpe con el arpón Z.
— Eso puede esperar. Te has ganado un descanso: Sanders está patrullando y Fedora y Szilard van a acudir a una fiesta que organizan en la Torre. Te vendría bien salir de la base.
— Pero...
— No quiero una protesta. —Goldfield, pese a querer decir las cosas con tacto, carecía bastante de ello y sus comentarios siempre iban cargados de una cierta orden subyacente.— Esta noche acudiréis a la fiesta, desconectaréis un poco y mañana ya habrá tiempo para volver a entrenar.

Dejó al joven a solas en el gimnasio y fue a buscar a Szilard, éste se encontraba en el almacén, rebuscando entre cajas de prototipos y artilugios completamente operativos que nunca llegaron a usarse.

¿Se puede saber qué buscas? —preguntó Goldfield a su amigo.
¡Esto! —exclama con alegría mientras se gira y sostiene entre sus manos una especie de secador con una antena parabólica en su extremo.
¿El disyuntor sónico? ¿Realmente vas a tirar la puerta abajo? —Goldfield no sabía si era una broma o realmente Szilard iba en serio.
Por supuesto.
— Creo que esto es algo exagerado.
— Lo dice el hombre que estrelló una furgoneta contra la puerta de una tienda en lugar de entrar por la entrada secundaria. —comenta Szilard con un tono de ironía en su voz.
Aquello estaba justificado. El Hombre Azul no se lo esperaba.
— Ya. Y que aquella noche tuvieras una cita no tuvo nada que ver. —y con aquella frase, Szilard sentenció la discusión y dejó al veterano Centinela con la palabra en la boca mientras cruzaba por delante de él y activaba el disyuntor.— ¡Fedora, último aviso!

miércoles, 10 de octubre de 2012

Una nueva saga.


Entre los años 1996 y 1997 se publicó, bajo la colección de Investigation Comics, la que sería una de las sagas más alabadas del Centinela: El Eterno Halloween. Un arco argumental de 13 cómics que detallaba un año de la vida del Centinela y su equipo, en el que el héroe debía hacer frente a un asesino en serie que acababa con sus víctimas en fechas importantes del calendario. Esta saga poseía un marcado estilo noir, con una influencia muy marcada por la película de El Padrino; no obstante, la trama giraba en torno a la familia West, siendo Paul West la cabeza de la familia en aquella época.

Esta saga marcó un antes y un después en las colecciones del Centinela, desde la revista Times la ubicaron en el top 10 de las mejores novelas gráficas y sus autores recibieron varios premios por ella. Ha sido reeditada en varias ocasiones, siempre en tomo y el año pasado reeditaron los 13 números en grapas individuales.

Con esta saga de fondo, el nuevo equipo creativo ha planteado una trama que volverá a enfrentar al vigilante (esta vez en su actual alineación con Fedora, Goldfield, Linx, los números 8 y 9, Szliard y Móvil 1 y Móvil 2) a unos hechos que tienen relación con la historia de finales de los 90. Desde aquí deseamos la mejor de las suertes a este equipo, esperando que dentro de unos años esta nueva saga sea recordada con el mismo cariño que El Eterno Halloween se recuerda ahora.

[Extraído del nº 245 de la revista Menhir, especializada en cómics]

Crossroads. Sentinel. (cap. 23)


[Localización: garaje de la Torre Wayland.]
[Hora: 11:45 A.M.]

— Ya verás, como algo salga mal vamos a terminar enchironados.
— ¿Te quieres calmar un poco? ¡Me estás poniendo de los nervios! Y deja de decir que algo va a salir mal... es de día, así que no tienes que preocuparte.
— ¿Es de día? ¿Estás tranquilo porque es de día? Tío, eres un necio. Da igual que sea de día, él sale de día. ¿Acaso te piensas que es un personaje de tebeos que solo sale de noche? ¿O el puto duque Drácula?
— Conde.
— ¿Qué? ¿Qué coño dices?
— Que es un conde. Drácula. No es un duque, es un puto conde.
— ¡¡Joder tío!! Me da igual que sea conde, barón o la jodida reina de Inglaterra. El maldito Centinela nos va a pillar y nos va a meter a la sombra una buena temporada.


Los dos hombres siguieron sacando cajas de la furgoneta que estaba aparcada en el primer sótano de la torre Wayland. El vehículo, blanco y completamente anodino, tenía un único símbolo en el lateral: "Yamato, cátering".

[Localización: aeropuerto internacional Moore.]
[Hora: 11:45 A.M.]

— El vuelo procedente de Madrid efectuará su llegada por la puerta 7B. Vuelo procedente de Madrid, efectuará su llegada por la puerta 7B.

La megafonía del aeropuerto sonaba con un tono metálico, Ryan se echó a reir tras escucharla, recordando cuando se quedaba de pequeño en la estación escuchando los avisos de salida y llegada de los trenes gritando, a pleno pulmón, que lo que sonaba era la voz de Dios. Miró su reloj y luego el que tenía frente a él, en una de las tiendas libres de impuestos del recinto. Cogió su periódico y se encaminó hacia la puerta de desembarque, esperaría a su cliente allí y después, con un poco de suerte, tendría toda la tarde libre.

En la zona de llegada internacional había, literalmente, cientos de personas. Con un poco de esfuerzo llegó hasta la parte delantera y se situó con un cartel en la mano con el nombre de su cliente: D. Montes. Ryan se imaginaba a algún alto ejecutivo en viaje a Betlam para firmar algún contrato de comercio, o a un rico playboy que no tiene nada mejor que hacer con su vida que venir a la ciudad para comprar un ático en el centro y tener un nuevo sitio para llevar a sus ligues.

Estaba ensimismado en sus pensamientos cuando una mujer joven, con una larga melena rubia, se detuvo frente a él y le saludó.

— ¿Hola? Creo que me buscas. —Ryan se sobresaltó y la miró atontado.
— Eh... pues... —miró el cartel— ¿Señorita Montes?
— Llámame Diana, por favor.
— Entonces sí. Disculpe, estaba... pensando. Permítame su maleta y acompáñeme al coche.

La mujer sonrió y le tendío la maleta de mano que llevaba, Ryan mientras iba pensando en qué traería a una chica así hasta Betlam. Mientras, en una televisión cercana emitían la noticia de la fiesta que se celebraría en la torre Wayland con la inauguración de la exposición que tendría lugar en el mismo edificio, donde se mostraría (por primera vez en cientos de años) el diamante conocido como "El Ojo de Horus".

Crossroads. Sentinel (cap. 22)


[Localización: cafetería cerca de Finger Park.]
[Hora: 10:26 A.M.]

— ¿De verdad? No quiero otro contratiempo como el del puente. —el hombre tenía un fuerte acento ruso.
— Te juro que está todo listo. —respondió el otro hombre con cierto temor en su voz.
— Si esta noche tenemos algún problema... —acabó la frase con un movimiento de su mano, simulando cortar el cuello con su pulgar.

Eso le bastaba a la detective Moreno. Miró a su compañero, que estaba sentado en el asiento del conductor y asintió. Apagó la antena omnidireccional y paró la grabación, tenían las pruebas suficientes para encerrar a Piotr de por vida. Sospechaban que el incidente del puente de la semana pasada, donde murieron varias personas por los ataques de El Tiburón y el intento de fuga de Leónidas, había sido orquestado por aquel hombre: Piotr Duriesti, un ex militar de la época de la Guerra Fría que desertó del servicio para montar su propio operativo mercenario a nivel global.

Aterrizó en Betlam hará ya dos años y, aunque el Departamento de Policía sabe que tiene las manos manchadas con muchos casos que no han podido resolver, no han sido capaces de incriminarlo en ninguno. Pero ahora eso cambiaba con aquella grabación, Moreno metería entre rejas a ese malnacido y nada se lo iba a impedir. Suficientemente malo había sido todo lo que hizo en el pasado, pero saber que el ataque al puente había sido también orquestado por él, eso le hacía cabrearse aún más.

[Localización: torre Wayland.]
[Hora: 10:26 A.M.]

— Señor, acaba de llegar el camión de la empresa de cátering.
— Muy bien, avisa a Rudy y dile que lo deje todo listo. Esta noche tiene que ser perfecta.

El joven ayudante dejó a Michael atrás. Esa misma noche se celebraba la inauguración de la Torre Wayland, en la que se presentaría un proyecto que intentaba revolucionar la producción de energía del planeta y convertir a la ciudad de Betlam en la primera que contase con un edificio 100% autosostenible. Michael era el encargado de que todo saliera de forma correcta, los invitados comenzarían a llegar a las 17:00 y no quería que nada quedase en el aire.

Sacó su smartphone y repasó la agenda una vez más, comprobó la lista de invitados, las empresas que llegarían para terminar de organizar las cosas y marchó hacia su despacho. El ascensor tenía la típica música ambiental que se te mete en la cabeza y eres incapaz de olvidar en todo el día, así le ocurrió a Michael que cuando entró en su despacho y se sentó para pasar las notas a limpio seguía tarareando la canción.

[Localización: asilo Dunwych]
[Hora: 10:26 A.M.]

Los pasillos del asilo estaban en silencio, la mayoría de los internos, aquellos que gozaban de libertad de movimiento por su bajo perfil de peligro, estaban reunidos en el comedor. Como cada mañana, un cuenco con cereales, leche y fruta era su desayuno. Hoy el tema de conversación era el mismo: la actuación del Centinela en el puente que une las zonas de Bayonne y South Beach, donde se enfrentó a Leónidas y al Tiburón, evitando la fuga del primero y deteniendo el asalto a un camión blindado del segundo. Ahora, aquellos dos villanos estaban de nuevo entre rejas, el primero en una de las zonas de máxima seguridad del asilo, mientras el otro cogía del mostrador su ración de desayuno. Todas las miradas se posaban en él, los cuchicheos que hablaban sobre lo sucedido se detenían cuando pasaba cerca de las mesas. Fue hasta un banco que había al fondo de la mesa más alejada de la entrada y se sentó allí, solo.


Llevaba un rato comiendo cuando dos hombres se acercaron a él, uno de ellos se sentó al lado suyo mientras que el otro se quedaba apartado un par de pasos, en un claro gesto de amenaza. El hombre que estaba sentado cogió el cuenco del Tiburón y lo apartó al otro extremo de la mesa. Éste, con la cuchara aún de la mano, estaba tranquilo.


— Así que eres el pescadito que fue pillado por el Centinela. Pareces mucho más fiero en televisión. —su compañero se rió, recordando a un gorila en celo.— Pero creo que lo que eres, es un mierda. Un mierda que no es capaz de hacer nada que no sea asaltar barquitos en el agua. ¿De pequeño jugabas con tus patitos en la bañera?


El hombre que estaba de pie seguía riéndose ante las bromas de su compañero. El Tiburón, mientras tanto, seguía sujetando la cuchara con su mano derecha pero fijándose en eso mismo, alguien observador vería los nudillos blancos por la fuerza que ejercía. De pronto, con gran velocidad, el Tiburón cogió de la nuca al hombre que estaba sentado a su  lado y estrelló su cabeza contra la mesa, se levantó sin soltar la presa y le asestó una potente patada al hombre que estaba de pie, partiéndole varias costillas por el impacto. Tras eso, en los pocos segundos que pasaron, y a pesar del esfuerzo de los guardas por llegar hasta él, El Tiburón le sacó, ayudándose de la cuchara, el ojo izquierdo a aquel desconocido que le había insultado. Los guardas, cuando apartaron a los internos que se congregaban alrededor de la escena, redujeron al Tiburón y le llevaron a la zona de máxima seguridad, mientras el equipo sanitario intentaba evitar la muerte del otro interno.

Crossroads. Sentinel. (cap. 21)


— ¿Qué planeaba el Gran Galletín?

Goldfield se apoyaba sobre el escritorio, tenía la vista fija en un punto indeterminado de su mesa. Troy y Fedora le miraban intentando comprender sus pensamientos.

— ¿A qué te refieres? Quería volar el Ayuntamiento, ¿no te parece suficiente?
— No, hay algo más. Tiene que haberlo. No puede haberse arriesgado tanto por una tontería así. — Goldfield dio la vuelta a su escritorio y se dirigió al teclado, varias pulsaciones después la ficha del Gran Galletín estaba en las pantallas del despacho. — Él no actúa así. Pese a su aparente comportamiento errático SIEMPRE — remarcó esta palabra — tiene un plan.
— Goldfield, perdóname que te lo diga tan bruscamente, pero creo que estás paranoico. No hay plan oculto, simplemente quería desestabilizar la ciudad. El Gran Galletín es un agente del Caos, no hay más vuelta de hoja.

Troy posó una mano sobre el hombro de su mentor, sabía exactamente a qué se refería Goldfield con aquel miedo que le costaba mostrar. Temía que algo se le hubiera escapado, que las vidas que estuvieron en peligro en el Ayuntamiento no fueran las únicas del plan del payaso; pero Troy quería tranquilizar a su mentor, quería hacerle ver que ya había pasado todo. Fedora dio un paso al frente y agarró a Goldfield del brazo, descansó la cabeza sobre su hombro y le sonrió.

— Lo peor que nos puede pasar, es que pasemos otra noche en vela. Y sabes que eso no nos lo quita nadie.

Goldfield se forzó en sonreir, aquella vitalidad, aquella alegría que poseían los dos jóvenes le recordaba a cuando entró en el equipo. Se pasó la mano por la cara para despejarse y tecleó de nuevo, retirando de las pantallas la ficha del Gran Galletín.

— Tenéis razón, creo que le he dado demasiadas vueltas a las cosas. El payaso está detenido y su plan se ha ido al traste; vamos a descansar, no tardará en amanecer y creo que nos vendría bien dormir un poco. Fedora, mañana tienes que ir con Szilard a recoger los nuevos componentes para actualizar el casco.

Los tres abandonaron el despacho, el último en salir fue Goldfield que apagó la luz no sin mirar una última vez hacia su mesa y cerró la puerta tras de él.

* * * * *

Victor Kressler dormía plácidamente cuando el teléfono sonó. La joven de su lado se movió entre las sábanas y siguió durmiendo, él contestó al teléfono.

— Dime.
— Señor. — el tono con el que empezaba la frase no le gustaba nada — Hemos tenido un problema. El payaso ha sido detenido por el Centinela.

Víctor resopló, vaya forma de comenzar el día. Miró su reloj, eran las seis menos cuarto, en poco más de media hora sonaría la alarma y tendría que ponerse en marcha, así que decidió no seguir en la cama.

— Dame un segundo.

Se levantó y se puso una bata que reposaba sobre la silla, cerca de la cama. Miró a la chica e intentó recordar su nombre, qué importaba pensó. Salió de la habitación con el teléfono en la mano y entró en su despacho, se sirvió una copa de brandy y se sentó tras su escritorio. Dejó el teléfono en la base cargadora y conectó el manos libres.

— Explícame por qué no tengo que ir ahí y pegarte un tiro.

Al otro lado del teléfono la voz de su interlocutor sonó tímida.

— Señor... no hemos tenido nada que ver. El Centinela apareció y acabó con los hombres del Gran Galletín y con el payaso.
— Vamos a ver. Si os digo que os preparéis porque SEGURO que aparece el Centinela, ¿qué os hace pensar que es aceptable que os pueda pillar desprevenidos y no tengáis nada que ver? ¿¡Sois idiotas o qué!?

Silencio en el teléfono.

— ¿Estás sólo?
— N... no señor...
— Pásame a quien tengas al lado.
— ¿Señor? — esta voz era más fuerte que la anterior, con más confianza.
— ¿Tienes un arma?
— Claro, señor.
— Pégale un tiro a ese incompetente.

Cuando escuchó la detonación cortó la conversación. Se recostó en el sillón y apuró la copa, notó cómo el líquido le calentaba al bajar. El día no empezaba bien, habría que ver cómo transcurría...

Crossroads. Sentinel. (cap. 20)


El Centinela realizó un giro sobre su pierna izquierda y golpeó con una patada, a la altura de la cara, a los dos matones que le enfrentaban. Los disparos resonaron por toda la zona y éste comenzó a correr para ponerse a cubierto, de un salto se parapetó tras un coche que recibió los impactos de las armas semi-automáticas.

— ¡¡Tienes a los dos hombres situados en el edificio que hay a tus seis!! — la voz de Fedora sonaba metálica a través de los altavoces del casco. Del interior del abrigo, el Centinela sacó dos esferas del tamaño de una nuez, las lanzó por encima de su cabeza hacia atrás y al impactar contra el suelo crearon una nube de humo que le ocultó de la vista de los tiradores. Estos abrieron fuego al ver aquella cortina, con la esperanza de impactar en el vigilante cuando este se moviera, pero el Centinela no estaba ya escondido tras el vehículo sino que iba corriendo ya en dirección opuesta al edificio desde el que le disparaban.
— Te cubro. Ve a por el payaso. — la voz de Lynx anunciaba lo que iba a suceder. La joven dejó inconscientes a ambos tiradores en apenas diez segundos. De pie, en el tejado del edificio veía cómo su compañero corría tras el rastro del Gran Galletín.

El Gran Galletín había traído de vuelta a su circo, llevaban un par de días asolando la ciudad con una ola de crímenes absurdos en un intento de traer el caos a Betlam City. Pero el payaso se había vuelto más osado y había secuestrado a todo el ayuntamiento; en el edificio retenía a veinte personas, entre ellos el propio alcalde. Amenazaba con volar el edificio si no se cumplían sus exigencias. La policía tenía rodeado el ayuntamiento y se comunicaban con él a través de una línea telefónica, pero el Centinela sospechaba de los planes del Gran Galletín. Él nunca se quedaría en el edificio si pensaba volarlo y Fedora se encargó de rastrear la línea que unía el ayuntamiento con los policías desplegados; efectivamente, la llamada no provenía del edificio amenazado, sino de uno cercano. La policía no se había preocupado en controlar la llamada, sabían que los rehenes estaban dentro por lo que asumieron que los secuestradores también, pero el Centinela sabía cómo pensaba el Gran Galletín.

Sus sospechas le permitieron adelantarse al payaso, desde la azotea del edificio que quedaba tras el que albergaba al Gran Galletín, el Centinela se coló por una ventana de la última planta de un edificio de treinta. En silencio avanzó por los pasillos que meses atrás albergaron a uno de los bancos más importantes de Betlam City, pero al que la crisis se había llevado por delante. Activó la visión infrarroja  de su casco y se permitió unos segundos para estudiar el terreno. Tres pisos por debajo de él detectaba varias fuentes de calor.

— Base. Necesito al gran hermano. Escanead el edificio en el que estoy y decidme si él está aquí.
— Entendido. Dame cinco segundos, tenía al satélite siguiéndote desde hace un rato pero te has movido demasiado deprisa.
— ¿No será que te estás volviendo lenta?

Al otro lado del comunicador Fedora torcía la cara en un gesto de enfado.

— ¿Sabes que se me puede escapar sin querer la activación del desfibrilador del traje?

Troy, debajo del casco del Centinela, se echó a reír.

Siguiendo las indicaciones de Fedora, el Centinela se movía por los pasillos ocultándose entre las sombras. Su abrigo se movía con cada giro que efectuaba, adentrándose siempre en las habitaciones vacías sabedor que la vida de varias personas dependía de él. Así llegó hasta un despacho que daba al este, allí las ventanas se abrían hacia el ayuntamiento, las luces de los coches patrulla que rodeaban el edificio daban a la habitación un aspecto surrealista. Y en medio de la sala, con un teléfono móvil de la mano se encontraba el Gran Galletín.

— Fedora. Escanea la habitación en la que estoy. Rastrea las señales que hay. — al otro lado de la línea se escuchaba cómo la joven hacker tecleaba a toda velocidad.
— Hay una señal.
— ¿Nada más?
— El resto está limpio.

Troy no se lo pensó, rápidamente y en silencio se acercó a él por detrás y le arrebató el teléfono de la mano. El payaso reaccionó tarde y cuando quiso darse cuenta de lo que sucedía el Centinela le había agarrado de la nuca y le había inmovilizado contra la ventana.

— Esto se acabó.

El Gran Galletín estalló en risas, una risa histérica, demente. El reflejo de su fragmentado interior que salía a la superficie.

— Idiota. Esto no ha hecho más que empezar. — tras esta frase el Centinela escuchó varios sonidos metálicos, propios de las armas semi-automáticas siendo preparadas para disparar. En ese instante el Centinela apartó lentamente al Gran Galletín de la ventana sin llegar a soltar su presa, en su bolsillo había dejado el teléfono del que sospechaba que pudiera ser también el detonador de las bombas que había en el ayuntamiento.

Contuvo la respiración.

"Tienes que controlarte si quieres hacer bien tu trabajo."

Cerró los ojos.

"Es importante que no sólo veas, sino que sientas."

Su ritmo cardíaco se redujo.

"Todo debe ser tan fluido como una danza."

Y fue consciente de lo que había a su alrededor.

"Si consigues eso, ya has ganado la batalla."

Con un golpe seco lanzó al Gran Galletín contra la ventana, el impacto hizo que estallase en cientos de fragmentos que, junto al payaso, se precipitaron hacia la calle. Los hombres del payaso abrieron fuego pero el Centinela ya se encontraba avanzando hacia ellos, esquivando los disparos, saliendo del radio de fuego de las armas, acercándose a cada uno de ellos.

Un puñetazo volcando todo su peso e inercia en el golpe. El impacto parte dos costillas.
Un giro en seco, dejándose caer y girando sobre su pierna derecha, golpeando con la izquierda en un arco completo. El hombre se desequilibra y cae hacia atrás, golpeándose la nuca con la pared.
Un salto hacia atrás, girando en el aire, lanzando varias esferas metálicas contra los ojos. Suelta el arma y se lleva las manos a la cara, posiblemente le queden secuelas y pierda visión.
Un rodillazo en el codo. Se escucha un ruido seco. El hombre grita de dolor. El arma no ha llegado a caer al suelo y cuando lo hace la palma de la mano golpea contra la cara del pistolero, partiéndole el tabique.

Han pasado tres segundos, el Centinela deja atrás a los cuatro hombres inconscientes y se lanza por la ventana. Varios metros por delante de él cae el payaso envuelto en una nube de cristales, Troy pega los brazos al cuerpo y acelera su caída; cuando ambos están a la altura de la décima planta el Centinela saca un disparador automático de la manga derecha del abrigo y extiende el brazo hacia el ayuntamiento. El garfio sale disparado por un mecanismo de aire comprimido, impactando en la pared y sujetando a ambos hombres. Con la mano izquierda sujeta el pie del payaso y cuando el cable se tensa siente cómo su hombro soporta el peso de los dos, la curva que describen les lleva a sobrevolar los coches de policía y a impactar contra la ventana del despacho del alcalde en el ayuntamiento.

Los dos ruedan por el suelo, pero el Gran Galletín se ha llevado la peor parte, golpeándose con la mesa que había tras la ventana. El Centinela se levanta y sujeta de nuevo al payaso, levantándolo del suelo y llevándole hasta la ventana.

— Te lo he dicho. Esto se ha acabado.

Crossroads. Sentinel. (cap. 19)


¿Acaso pensé en algún momento que todas mis acciones no tendrían consecuencias?

Qué iluso de mi, tuve una venda en los ojos desde el primer día y ahora es difícil quitármela. Las cosas han empeorado en muchos modos, puede que antes no fuera todo así pero ahora eso ya no importa. Te pones el Manto y todo deja de ser igual, debes sopesar cada acción y plantear los hechos de una forma objetiva, tus sentimientos no pueden interferir con la Misión pues si dudas, aunque sólo sea medio segundo, alguien puede morir.

Ser el Centinela no es ir saltando sobre los malos, ni encontrar las pistas que la policía no ha podido ver, ni siquiera es enfrentarse al villano de turno que intenta sumir la ciudad en el Caos.

Ser el Centinela es cuidar de toda la gente de la ciudad. Es ver Betlam y saber que cada noche todo el mundo puede descansar tranquilo, pues tú estás ahí para ellos.

Ser el Centinela es recoger el testigo que otros como tú dejaron ahí para ti. Y por mucho que el Manto pese, por mucho que termines llorando a solas, tienes que volver otra vez a levantar la cabeza y prometer a la ciudad que tras un día de lucha, seguirás ahí.

Goldfield cerró el diario y depositó el bolígrafo sobre la mesa, en el primer cajón de su escritorio guardó el cuaderno y tras cerrar con llave se levantó, no sin dolor por culpa de la pierna. Por el pasillo se escuchaba el golpe constante de su bastón cada vez que lo apoyaba en el suelo, en días como hoy que el ambiente está cargado de humedad la lesión le recuerda más insistentemente que está acompañándole. Se detiene frente al enorme reloj de pared que hay junto a la biblioteca y ajusta la hora, siempre ha tendido a retrasarse y desde que se detuvo frente al reloj por primera vez hace ya muchos años, siempre lo había puesto en hora.

Por el pasillo oía los pasos de alguien que se acercaba corriendo, era un ritmo acelerado y las pisadas apenas llegaban a incidir en el suelo, se apartó dos pasos hacia atrás y dejó que Fedora pasase por delante de él; como otras veces llevaba los cascos puestos y la música a todo volumen, dudaba incluso que le hubiera llegado a ver. Se alegraba de verla fuera de la base, las últimas semanas habían sido una locura para todos: el secuestro de Troy, la reaparición de Lynx, la muerte del sargento McTaggart y el ingreso en la UCI de la detective Moreno, el robo de compuestos químicos de los Laboratorios Maddox... Ahora el equipo volvía a estar entero, Troy había aparecido en la base y contó cómo Gorila le había emboscado y cómo terminó enfrentándose a sus secuestradores, Lynx ayudó a investigar el almacén en el que mantuvieron encerrado a Troy pero todas las pistas llevaban a callejones sin salida. Fedora estaba más tranquila y ayudó a Szilard a preparar un sistema nuevo de rastreo que será incluido en el traje del Centinela.

Pero ahora hay más problemas, Goldfield tenía claro que aunque el Centinela descanse, las personas que quieren dañar a Betlam no lo harán. Y la noticia que abría los noticiarios era una prueba, el director de la película ambientada en el Centinela había sido asesinado, y quien hubiera realizado el acto había dejado una nota al vigilante: 5-3, dos números sin relación grabados en la bala que acabó con la vida de la víctima. ¿Qué nuevo puzzle se presentaba ante ellos esta vez?

Crossroads. Sentinel. (cap. 18)

Parece mentira que fuera ayer cuando pasó por primera vez, sus manos recorrían la superficie de aquella protección que utilizaba como una extensión de sí mismo. Era a la vez una parte de su atuendo y la forma de mantenerse en contacto con sus compañeros, un grupo de lo más peculiar que, junto a él y en el más completo anonimato, protegían la ciudad de Betlam City. Aún recuerda aquella vez que vistió por primera vez el Manto, aquella vez que escuchó la voz electrónica que se oía por los altavoces del casco. Pese al traje sentía el frío de la noche de febrero cuando corría por los tejados de la ciudad persiguiendo a los hombres del Gran Galletín.


Hoy han pasado ya muchas noches desde aquello y vuelve a la misma situación, corre por los tejados de los edificios siguiendo el rastro dejado por los hombres del Gran Galletín. Desde fuera no se ve, pero sonríe, recuerda aquella primera carrera y sabe lo que viene ahora, algo que a aquellos delincuentes no les va a hacer mucha gracia. Sin pensarlo aceleró su ritmo y tras pisar con fuerza en la cornisa del edificio, se deja caer a la calle, sobre aquellos que huían de él.

* * * * *

— ¡¡No, no y no!! ¿Cómo tengo que decirlo? El Centinela no lleva capa, no es una maldita capa. Las capas son para las niñas y los aventureros de la Compañía del Anillo. ¿Lo siguiente que vais a hacer qué será, ponerle los calzoncillos por encima del traje? — sus manos se movían a toda velocidad, gesticulando con cada palabra que salía de su boca. — ¡¡Que alguien me traiga un café!!

Robert Penward era el director de la película que los estudios "Ilusiones digitales" rodaban sobre el héroe de la ciudad de Betlam City: el Centinela. Robert era un hombre menudo, de apenas 40 años, que había triunfado en  Hollywood con la historia de amor de dos pescadores; ahora tenía ante sí la complicada tarea de plasmar en celuloide la vida del mayor protector que su ciudad había tenido. El mito del Centinela le había acompañado desde niño, esa figura siempre ha estado ahí y Robert quería ser fiel a su imagen; no es que se enfadase con facilidad, que también, sino que cuando veía cómo el resto del equipo trataba a su héroe de la niñez perdía los papeles y arremetía contra lo primero que se encontrase.

— ¡¡Tomaros un descanso y retomaremos el rodaje en una hora!! ¡¡Y decidle a esa chica de vestuario que el Centinela lleva un abrigo, no una maldita capa de elfo!!

El equipo de rodaje abandonó el lugar entre conversaciones, risas y comentarios sobre la actitud de Robert; este, sin embargo, permaneció sentado en su silla viendo aquel set que recreaba las azoteas de la ciudad de Betlam City. No escuchó los pasos de la persona que se acercaba a espaldas de él y cuando quiso darse cuenta que no estaba sólo en el estudio, el disparo había acabado con su vida.

Crossroads. Sentinel. (cap. 17)


— Toma, bebe esto.

Fedora le tendió un té a la joven que temblaba y lloraba desconsoladamente. Goldfield hablaba con Szilard varios metros por detrás de ellas, el primero gesticulaba señalando varias veces hacia ellas mientras que el anciano trataba de calmarle.

— Créeme si te digo que eres la última persona que esperaba encontrarme hoy.
— Yo... lo siento. De verdad siento que estemos así. —decía entre lágrimas.
— Sshh. Calla tonta. —Fedora consolaba a la joven, que había dejado la máscara de su uniforme en la consola que había junto a ellas.

— ¡No! ¡No pienso volver a arriesgar la vida de nadie que no haya aprendido algo de disciplina!

La voz de Goldfield resonó por toda la sala, Szilard se había rendido a la evidencia de que no podría convencer a su amigo sobre el tema. Cojeando, Goldfield se acercó hasta las chicas.

— Cuando te dije que no volvieras a vestir ese uniforme, lo dije en serio. Aquella vez pusiste en peligro muchas vidas y no creo que hayas aprendido la lección.
— No se me olvida aquello y sí, he aprendido y de sobra el cómo actuar. —al oir a la joven, Fedora se dejó caer en su silla y se apartó de ellos con una mirada atónita en su rostro.
— ¿Y cómo voy a creerte si no eres siquiera capaz de comentarme que vas a volver a las calles? —el tono de Goldfield era cada vez más alto, su enfado era palpable.

De pronto la joven se levantó de la silla y acercándose a Goldfield, sin apartar la mirada, quedó unos segundos en silencio. Szilard se temía lo peor, ya había visto algo parecido cuando Troy dejó el equipo y sabía que una discusión así terminaría afectando a las bases del equipo.

— Mira, se que cometí un error. Se que desobedecía órdenes y actué impulsivamente; y también se que debería haberte comentado mi vuelta a las calles. Lo se; pero tienes que confiar en mi, tienes que entender que las cosas no son como cuando vestí el traje por primera vez. Se que la vida es sucia, dura y no terminas siempre sonriendo cuando las luces se apagan; he llorado y mucho, pero también me he sobrepuesto a aquello. —relajó su postura en un gesto de tranquilidad, parecía que la tensión iba desvaneciéndose aunque Goldfield no había pestañeado mientras la joven decía todo aquello— Con esta situación, y la muerte de Troy, Betlam City está desatendida, desprotegida. ¿Me acusas además de no avisarte cuando tú has decidido confiar la protección de la ciudad a una desconocida?
— Esa desconocida, es disciplinada. —le cortó Goldfield.
— ¡¡Esa mujer no sabe lo que es vigilar cada calle!! ¡¡No tiene ni idea de lo que es pasar las horas pendiente de que nadie sufra daño!!
— ¡Está más preparada que tú!

De nuevo el silencio. Aquel ataque de Goldfield había sido como un mazo golpeando un cristal, los ojos de la chica se abrieron como platos y su boca quedó entreabierta en un gesto de incredulidad. Cerró los labios y apretó los puños, "no lo hagas" pensaban Fedora y Szilard quienes permanecían al margen de aquella discusión.

— Perdona. No tengo derecho a decirte eso.

La respuesta de Goldfield pilló desprevenidos a todos.

— ¿Cómo? —fue lo único que la joven fue capaz de articular.
— Lo que has oido, que no tengo derecho a decirte que está mejor preparada que tú. Te he visto entrenar, te he visto en acción y salvo tu problema con la autoridad, eres de lo mejor que ha pasado por este equipo. Si me dices que has cambiado, que sabes responder a lo que te pida, entonces no tengo que cuestionar nada. Siempre ha habido un hueco en este equipo para ti, desde que te dije que te fueras y si lo hice fue para que madurases.
 Lo he hecho. —en ese momento todas las alarmas de la base se activaron, Fedora se giró en la silla y comenzó a pasar datos por las pantallas.
— ¡Gente, tenemos múltiples avisos por toda la ciudad! Tengo atracos, peleas de bandas, algún secuestro... vamos, para elegir.

Goldfield, tras mirar las pantallas se giró hacia la joven que estaba junto a él. La miró a los ojos y sonrió:
— Ve, la ciudad necesita ser cuidada.

La chica asintió con una sonrisa, tomó la máscara que había dejado antes y se la puso. Se ciñó el cinturón y salió corriendo de la base mientras Fedora tecleaba a toda velocidad, de pronto en la pantalla apareción un nuevo icono indicando la posición de la joven, y bajo ese icono el nombre en clave que la identificaba: Lynx.